9 de diciembre de 2006

DIARIO DEL NÍGER

A finales de 2005 viajé a Mali para recorrer la curva del Níger. Durante los meses de abril y mayo de 2006 la edicón española de National Geographic publicó mi trabajo, titulado genéricamente "Diario del Niger". Éste a su vez se dividía en dos capítulos: "Viaje al corazón del río" (abril) y "Timbuctú, la nostalgia de un sueño" (mayo). Las imágenes de ambos artículos se acompañaban de las notas de mi diario de viaje.

Seguir con el dedo sobre un mapa los caprichos de cualquier río siempre es fascinante. Más aún si, como en el caso del Níger, se trata de un río que, pese a nacer cerca del mar, en la cordillera que separa Guinea de Sierra Leona, parece haber elegido el lado equivocado de la montaña y, contra toda lógica aparente, corre en dirección norte, en busca de las inmensidades del Sahara. De camino atraviesa Mali, uno de los países más pobres de la tierra, en el que algo más de diez millones de habitantes se reparten una superficie – en buena parte desierto – que es casi dos veces y media la de España. Pero además el Níger ha sido históricamente una de las vías fundamentales de comunicación entre el Magreb y el África ecuatorial; por ella ha transitado el comercio de la sal, el oro, los esclavos y las más variadas mercancías desde tiempos remotos. También sus aguas guiaron a algunos de los primeros europeos que intentaron alcanzar la mítica ciudad de Timbuctú, durante siglos y siglos cerrada a cal y canto a los “infieles” y cuyo nombre, evocador de misterios y riquezas, nunca dejó de excitar la imaginación, y con frecuencia la codicia, de los pocos viajeros que se aventuraron hasta ella. A todo esto debemos sumar una historia tan sorprendente como poco conocida de moriscos y renegados españoles que, en el siglo XVI, llegaron hasta sus orillas, al servicio del rey de Marruecos, con la misión de conquistar el gran imperio sonrai.

Río Níger. Los niños regresan de la escuela a través de la duna de Koima.

Puerto fluvial de Gao.

Tal vez la culpa de todo la tengan Abraham Cresques y su hijo Jafudá, aquellos cartógrafos judíos, naturales de la ciudad de Mallorca, que cuando dibujaron su famoso “Atlas Catalán” allá por el siglo XIV, en el territorio que correspondía al África occidental situaron con una precisión sorprendente para la época las tierras de Guinea, Sudán, Mali, Gao y las codiciadas minas de sal de Teghaza, la ruta de las caravanas y la ciudad de Timbuctú. Al lado de ésta dibujaron un gran señor sentado en su trono, sosteniendo una inmensa pepita de oro, acompañado del siguiente texto: “Aqueste Señor negro es llamado Mussa Melli, señor de los negros de Ginuia. Aqueste rey es el más rico y más noble señor de toda esta partida por la abundancia de oro que recoge en la suya tierra.” Nacía así un mito que perduraría a través de los siglos, alimentado por viajeros musulmanes que, como Ibn Battuta o León el Africano, visitaron la ciudad. Y nació así también la decepción de otros viajeros que fueron llegando hasta ella, desde el renegado español Yuder Pachá en el siglo XVI, hasta los franceses que sometieron definitivamente Timbuctú a finales del XIX. Como afirma el escritor Pep Subirós, “los militares franceses, al igual que los andaluces trescientos años antes, buscan inútilmente el oro y los tesoros de Tombuctú.” Acaso desde entonces la ciudad vive sumida en la nostalgia de un sueño, un espejismo que ha excitado la imaginación de los hombres a lo largo de la historia.

Timbuctú. Escula coránica.

Araouan, una población de arena perdida en el desierto donde habitan unas doscientas personas, en la ruta de las caravanas de sal hacia Timbuctú.