Eugenio de Andrade.
Éste a su vez se dividía en dos capítulos: "Viaje al corazón del río" (abril) y "Timbuctú, la nostalgia de un sueño" (mayo). Las imágenes de ambos artículos se acompañaban de las notas de mi diario de viaje.
Puerto fluvial de Gao.
Tal vez la culpa de todo la tengan Abraham Cresques y su hijo Jafudá, aquellos cartógrafos judíos, naturales de la ciudad de Mallorca, que cuando dibujaron su famoso “Atlas Catalán” allá por el siglo XIV, en el territorio que correspondía al África occidental situaron con una precisión sorprendente para la época las tierras de Guinea, Sudán, Mali, Gao y las codiciadas minas de sal de Teghaza, la ruta de las caravanas y la ciudad de Timbuctú. Al lado de ésta dibujaron un gran señor sentado en su trono, sosteniendo una inmensa pepita de oro, acompañado del siguiente texto: “Aqueste Señor negro es llamado Mussa Melli, señor de los negros de Ginuia. Aqueste rey es el más rico y más noble señor de toda esta partida por la abundancia de oro que recoge en la suya tierra.” Nacía así un mito que perduraría a través de los siglos, alimentado por viajeros musulmanes que, como Ibn Battuta o León el Africano, visitaron la ciudad. Y nació así también la decepción de otros viajeros que fueron llegando hasta ella, desde el renegado español Yuder Pachá en el siglo XVI, hasta los franceses que sometieron definitivamente Timbuctú a finales del XIX. Como afirma el escritor Pep Subirós, “los militares franceses, al igual que los andaluces trescientos años antes, buscan inútilmente el oro y los tesoros de Tombuctú.” Acaso desde entonces la ciudad vive sumida en la nostalgia de un sueño, un espejismo que ha excitado la imaginación de los hombres a lo largo de la historia.
Araouan, una población de arena perdida en el desierto donde habitan unas doscientas personas, en la ruta de las caravanas de sal hacia Timbuctú.